Todo pasa y todo queda en Alicante

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La oferta turística de la capital reúne interés cultural, ocio gastronómico y disfrute personal. La Historia complementa la excelencia alcanzada con el sol y playa con una inmejorable relación calidad-precio.

La vida no se detiene… somos nosotros los que nos paramos a mirar, los que nos sacudimos el miedo, los que asumimos el reto de estar a la altura de una ciudad bañada en luz. Mientras Alicante se acostumbra al ideal sanitario de un 2020 que morirá sin Hogueras, los turistas hacen planes. Buscan la manera de sacarle todo el jugo a una capital abrazada al mar que ofrece a sus habitantes, los esporádicos y los persistentes, una fórmula de disfrute muy reconocible centrada en revelar los entresijos de la mejor calidad de vida del continente.

Su esencia mediterránea la sitúa orgullosa, a los ojos del mundo, como un exponente educado y urbanita del turismo de sol y playa bien entendido. Un destino que aúna la quietud bulliciosa del descanso en toalla con el desafío cultural. La capital tiene recursos propios suficientes para mantener viva la necesidad de alimentar la curiosidad y el solazamiento con un sencillo cambio de dirección en la puerta del hotel… o en la fachada barroca del Ayuntamiento.

Por jerarquía visual, el Castillo de Santa Bárbara capta la atención de cualquiera que ponga un pie en suelo alicantino. Lo hace casi sin querer, con la naturalidad que le confiere su grandeza. La fortaleza defiende la bahía del devenir irracional de los tiempos. Ofrece, desde los casi 170 metros de altura en los que se suspende, una panorámica perfecta que facilita la experiencia de ponerse en la piel nerviosa y valiente de quienes, a lo largo de la historia, han alertado del peligro invasor.

Imagen nocturna del Castillo de Santa Barárbara. | Rafa Arjones. Imagen nocturna del Castillo de Santa Barárbara. | Rafa Arjones.

Conserva su origen musulmán y su vestigio bélico, pero también su recuerdo como prisión cuando las guerras se olvidaron del cuerpo a cuerpo y como hospital en plena eclosión letal de la peste y el cólera. A lo largo de once siglos ha sufrido múltiples contingencias, pero ahora, declarado Monumento Histórico-Artístico, alberga el Museo de la Ciudad (MUSA) y ofrece visitas guiadas, exposiciones itinerantes, conciertos y la posibilidad de llegar a él por un ascensor excavado en la roca del monte Benacantil que recorre 144 metros desde su acceso en el número uno de la calle Jovellanos.

El atractivo turístico de Alicante va más allá de su alcazaba monumental. A espaldas del Postiguet, se resiste al desgaste de los días su casco antiguo. Allí, la oferta museística es interesante, transita entre las propuestas vanguardistas del MACA y las populares del MUBAG que, además de dar a conocer las bellas artes locales, permite la estancia en un palacio de cuatro plantas, el de Gravina, declarado bien de interés e ideado para el conde de Lumiares en 1748.

Los Pozos de Garrigós, en uno de los extremos de la calle Toledo, de las más sustanciales del centro histórico, el Museu de Fogueres y, como referente absoluto de lo que debe ser una galería para atraer al gran público, el Museo Arqueológico de la provincia (MARQ), netamente interactivo. Los tres recintos redondean la oferta cultural de quienes aspiran a llevarse de Alicante algo más que un bonito color de piel.

La capital también permite satisfacer la pulsión humana por los desastres de la guerra, en este caso la Civil Española. La caída de Alicante en 1939 marcó el final de la contienda fratricida y los refugios antiaéreos de las plazas Séneca y Balmis dan cuenta de ello y son visitables en pequeños grupos.

Acceso al barrio de Santa Cruz desde la plaza de El Carmen. | Jose Navarro.Acceso al barrio de Santa Cruz desde la plaza de El Carmen. | Jose Navarro.

Silueta de la Cara del Moro. | C. Middel.Casco antiguo

Si se prefiere la sublimación de la bondad, lo mejor es perderse por los barrios de San Roque y Santa Cruz, contiguos, para trasladarse de golpe al tiempo en que la cal tintaba de extremo a extremo la Costa Blanca. Allí, la urgencia pasa a un segundo plano y, entre pasadizos, pasajes, recodos y escaleras se descubre un entorno singular, mitad pagano mitad religioso, al que los visitantes perezosos jamás llegan… El paseo, con la presencia inmutable de la Cara del Moro, el perfil más fotografiado del monte Benacantil, se remata llegando hasta el mirador de la Virgen del Socorro que permite observar la huella de los pescadores que en algún tiempo fueron mayoría en este núcleo urbano.

Los paseos de la Explanada y Canalejas, con sus enormes ficus revirados, son la mejor alternativa a la travesía marítima que pone límite al Mediterráneo entre la playa del Cocó y La Marina. Los seis millones y medio de teselas tricolor que conforman el oleaje suntuoso de la vía más transitada de la ciudad, retrotraen al paseante al mítico bulevar de Copacabana, en Río de Janerio, que es quien inspiró al arquitecto Miguel López para su diseño en 1959. La Casa Carbonell, en el extremo ligado a la playa urbana del Postiguet, es la demostración modernista del esplendor que alcanzó la burguesía textil alicantina en las dos primeras décadas del siglo pasado. La sufragó el empresario alcoyano Enrique Carbonell y su fachada, paradigma elegante y majestuoso de la arquitectura civil, ha sido siempre emblema de la capital.

Toma cenital de uno de los tramos de la Explanada de España. | Pilar CortésToma cenital de uno de los tramos de la Explanada de España. | Pilar Cortés

Alicante concentra en poco espacio sus dosis épicas de belleza, y si el visitante es capaz de sacrificar la sumisión irracional a la paella y la sangría, tendrá acceso a una gastronomía que apoyada en la cultura del arroz, explora sabores delicados, emotivos, memorables… La oferta culinaria y de restauración es infinita y para toda ella hay un vino con denominación de origen, autóctona y protegida, que se ha colado en los mejores bodegas internacionales gracias a la personalidad de la uva Monastrell, que luce rebosante en condiciones extremas.

Visitas guiadas gratis

Bucear en Tabarca (tras una breve travesía en barco) o en el Cabo de las Huertas, saborear horchata o helado artesanal recorrer el Mercado Central, reservar las visitas guiadas gratuitas que organiza el Ayuntamiento, formar parte de las recreaciones teatralizadas programadas en el Castillo de Santa Bárbara, hacer compras en la «milla de oro» de la ciudad, la avenida de Maisonnave, moverse en bici eléctrica o segway, detenerse a reponer fuerzas o refrescarse en los veladores más icónicos de las plazas de Gabriel Miró o Calvo Sotelo, empezar la noche protegido por la naturaleza gigante del Portal del Elche, disfrutar del «tardeo» por la calle Castaños como cualquier alicantino… todos son planes perfectamente complementarios al descubrimiento intelectual de un enclave determinante en la evolución del Mediterráneo y la historia de España. De los albores arqueológicos de Lucentum hasta el presente proverbial de Alicante, lo escribió Antonio Machado: todo pasa y todo queda.

Imagen de la calle Toledo, una de las más sustanciales del centro histórico. | Alex Domínguez.Imagen de la calle Toledo, una de las más sustanciales del centro histórico. | Alex Domínguez.

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